lunes, 4 de febrero de 2013

Sicario


—¡Así! Con cuidado. Pasadlo adentro. ¡Vamos!
—Acá…cuidado con la silla. ¡Ven aquí, mamón! Entra… ¡ahí! Siéntate.
El hombre encapuchado permanecía sentado sobre la taza del váter a la espera de que alguien dijese algo.
—¿Y bien? ¿No vas a decir nada? Eso está muy bien… ahora escúchame atentamente. No queremos que nadie salga dañado, solo queremos que colabores y sigas todos los pasos que te vamos marcando… ¿me oíste? La cosa puede ser muy sencilla o muy complicada, eso va a depender mucho de ti y de tu predisposición a la hora de colaborar—El reo asentía a cada palabra—vas a llamar a tus familiares y les vas a comunicar que realicen un pago a un número de cuenta que yo te voy a ir dictando. Si todo sale bien, en menos de dos horas estarás con tus seres queridos… ¿Estamos de acuerdo?
—El hijo puta se ríe…
Le llovió un ristra de puñetazos en la nuca.
—Está bien, está bien chicos. Solo está nervioso. Esto va muy en serio, Enrique. No es motivo de burla. El Patrón está muy enojado y tú lo sabes. No has realizado los pagos a tiempo y cuando esto ocurre se sufren consecuencias. Coge el teléfono y haz lo que te digo.
En menos de un minuto había dado la orden de pago y el número de cuenta.
—Muy bien, Enrique. De esto es de lo que estaba hablando. Plena cooperación y confianza mutua. Ahora vamos a acompañarte hasta la cama para que duermas un poco y te recuperes de las magulladuras. Nosotros permaneceremos a la esperar de la confirmación del pago para posteriormente proceder a tu plena liberación.
Lucas y uno de los soldados lo agarraron por los sobacos y lo acercaron hasta el borde la cama. Allí lo sentaron, le levantaron las piernas y lo acostaron. Salieron de la habitación y fueron directos al salón. Allí empezaron a abrirse latas de cerveza y a extenderse rayas de coca sobre la mesita situada frente al televisor.
            Dos horas más tarde, Enrique se despertó. Escuchó una respiración que palpitaba en el lado izquierdo de la cama y se giró. Lucas permanecía sentado junto a él, con la silla girada, mirándolo atentamente.
—Parece ser que el pago, efectivamente, se ha realizado. Solo que no se ha producido íntegramente. ¡Nos has cagado, huevón! Te has reído del patrón y eso conlleva una respuesta contundente.
Un puñetazo voló por la estancia y se estampo a la altura del pañuelo que le tapaba los ojos. Enrique pegó un alarido de dolor y volvió a tumbarse. Lucas lo agarró por la camisa a la altura del pecho y lo levantó. Alguien le lanzó una patada en el costillar y otro le pisó los dedos. Lucas se acercó. Ya en cuclillas, volvió a dirigirse a él.
—Las órdenes eran claras, quiero concederte el derecho a que te expliques. ¿Y bien?
—¡No lo sé…no sé que ocurre… dije que lo ingresaran todo…no lo entiendo…!
            El teléfono comenzó a sonar.
—¡Esperad…! Esperad. Sí mi patrón… Sí…estamos hablando con él, Patrón… Aaah, no me diga Patrón… entonces todo arreglado… De acuerdo mi Patrón… claro… eso está hecho… Enhorabuena, Enrriquito. La deuda se ejecutó correctamente. Se hizo un pago fraccionado desde dos cuentas simultáneas, de ahí la tardanza de la confirmación. Parece  que todo al final ha salido bien.
            Enrique esbozo una sonrisa. Comenzó a recuperar el ánimo. Incluso alguien le ofreció un cigarrillo. Los muchachos abrieron de nuevo algunas cervezas y Lucas se acercó a la mesilla para aspirar un clencha de doble embergadura. Era un profesional, hacía su trabajo. Le gustaba que todo saliese rodado. Solo quería acabar pronto y regresar a casa.
            —Está bien, Enrique. Ahora vas a volver a la cama y a seguir descansando hasta nueva orden. Tenemos que organizar tu entrega.
            Colocaron a Enrique en la cama, sobre el costado opuesto en el que había estado descansando momentos antes.
            El teléfono comenzó a sonar. Enrique se desveló.
—Buenas, ¿¡Patrón!? Sí mi Patrón… Está muy bien, no ha comido aún. Un poco magullado, no más. Sí mi Patrón…está muy animado. ¿De verás, Patrón? Está bien… lo que mande.
—¿Qué ocurre?
—Cambio de planes, compadre.
—Pero se hizo el pago…
—Se hizo el pago… efectivamente. Pero el Patrón quiere mandar un mensaje… ya sabes tú en estos casos. Un castigo ejemplar. Así que date la vuelta.
—¡No… no, por favor!
—Tranquilo amigo, es mero trámite.
—¡¡¡Por favor!!!
—Haced callar a este hijo puta…
            Un vaso de cristal fue a estrellarse contra su mandíbula. Comenzó a sangrar abundantemente por el labio, con pequeños fragmentos de vidrio incrustados entre los dientes.
—Enrique, todo esto exige colaboración. Si no hay colaboración el proceso se alarga. Estate quietecito y aprieta bien fuerte el pañuelo.
            Le rociaron con alcohol la espalda sobre la camisa y le prendieron fuego. Tres capas de piel saltaron por los aires mientras la cara de Enrique se volvía azul. Cuando quitaron los restos de tejido que aún permanecían adheridos a la carne, empezaron a rociar de nuevo el alcohol sobre la carne desnuda. Los ojos de Enrique se revolvieron en sus cuencas. Dos de los muchachos lo agarraban de los brazos, mientras Lucas trazaba líneas sobre su espalda sin ninguna emoción. Cuando terminó cerró el bote, fue al baño, se lavó las manos y regresó.
—¿Y bien? Todo acabó ¿Viste? Justo como te dije. Paso a paso, máxima colaboración y la vida continúa.
Enrique, semi-inconsciente, escuchaba jirones de sonidos que a duras penas comprendía. Volvió a sonar el teléfono.
—¿Sí? Sí, mi patrón. Seguimos sus órdenes, Patrón. Está bien, está despierto. De acuerdo…Sí… de a… ¡Ok! mi Patrón… como usted mande…chao... chao. Chsss… En una hora, ¿estamos?
Algo más de una hora después llamaron a la puerta. Uno de los soldados se acerco, miró a través del visillo y la abrió. Dos hombres altos y corpulentos si dirigieron sin mediar palabra al lugar donde yacía Enrique. Extendieron una manta a lo largo de su cuerpo, lo enrollaron y lo cargaron sobre sus hombros. La puerta se cerró.
—Bien chicos, dejad esto en orden y marchaos a casa. Buen trabajo.
            Lucas salió de la habitación del Motel. Metió la llave en la cerradura y entró en el coche. Colocó el retrovisor, se remangó la camisa y miró su reloj. Soltó un largo suspiro mientras le daba a la llave de contacto. Estaba satisfecho. Iba a poder regresar pronto para cenar con sus hijos.



sábado, 2 de febrero de 2013

Las Mandarinas


El vuelo era a las nueve del día siguiente, rumbo a Londres. Tenía tiempo de sobra para hacer una visita. Llamó a Luc esa misma tarde, de camino a Sevilla.
—Voy de camino a Sevilla, ¿te apetece?
—Tengo una reunión, saldré algo tarde. ¿A que hora llegas?
—A las once.
—Perfecto, me da tiempo a llegar a la estación. Espérame en la parada.
            Siempre era así de fácil. Habían echado mil polvos desde aquella vez, cuando se conocieron. Nico era portavoz de las juventudes y él, Luc, número dos del partido. Tenía pareja, pero ya se sabe. Al Luc le gustaba una polla más que a un tonto un lápiz. Le daba igual si eran verdes, negras o malvas. Le gustaba con venas, «como un árbol genealógico» solía decir.
            Luc le sacaba veinte años a Nico. Disfrutaba de una larga carrera en el ámbito local. No aspiraba a ascender a nivel autonómico o al nacional, lo suyo era el municipio. Lo tenía claro «a mayor altura, mayores problemas» No estaba dispuesto a caer, al menos no a pegar una hostia de las de órdago. Luc tenía una buena cabeza. Era licenciado en Medicina, pero nunca ejerció; de siempre lo suyo, lo que mejor se le había dado, era lo de lamer culos.
A su favor había que decir que tenía cierta clase; iba a Madrid todos los meses exclusivamente a comprarse ropa en la calle Serrano. No podía con la vulgaridad, en términos materialistas. Él decía que de todo lo mejor. El mejor coche, la mejor casa, los mejores vinos… Y claro, como buen dandy, no se conformaba con cualquier cosa. Le gustaba jovencitos. Universitarios, más bien. Por eso Nico era siempre bienvenido.
            —¿Pero de dónde vienes, boquita de piñón?
—De una reunión del partido, estamos buscando apoyos del grupo mixto para los presupuestos.
—¡Uyy, mixto! Como tú, cacho perro… que yo sé que también te van los molletes…
—Deja de plumear, pareces una folclórica —A Luc no le gustaba los amaneramientos—.
—Escucha al pijo… ¿se te ha atravesado un pelo de coño…?
Montaron en el BMW de Luc y pusieron rumbo al dúplex que tenía en la playa. Era su segunda residencia, el picadero, fuera de la vista del ciudadano de a pie. A Luc le gustaba tener todo bajo control; sus vicios y sus excesos no los iba pregonando por ahí, a lo loco. Incluso cuando pedía una botella de champagne de seiscientos euros se cuidaba de que el resto de acompañantes del reservado lo ignorasen. Lo del coche tenía un pase. Tenía otro de alta gama guardado en el garaje, para pavonearse por localidades cercanas. No era excesivo pasearse con un BMW, la gente lo aceptaba, era normal… un hombre de política, no era para menos.
—¿¡Te quieres esperar!? Estate quieto.
—Oinch… qué soso eres… ¿es que tienes miedo?
—¿Es que ahora eres La Tacones? ¿Qué coño te pasa? ¿Vienes de una rave de Chueca?
—Es para joderte, ya sabes que no soporto a esas carnavaleras…
—He comprado vino de camino a la estación. No quedaba en casa.
—¿…pero esto qué cojones es? ¿¡Me quieres envenenar!? ¡Vino de cartón! ¡Embotellado!
—He parado en una tienda de comestibles… ¿qué quieres?
—…comerte el pollón, Clinton mío.
Dejaron el coche en el garaje y subieron por la escalera que daba directamente a la casa.
—¿Y el picha floja de tu novio?
—Está en casa de sus padres, en el pueblo.
—¡Qué puta eres! Y con jovencitos. ¿No te da vergüenza?
—Puedo hacer lo que me de la gana. Hasta cortarte la cabeza con esa katana… nadie lo sabría. Tengo formas de hacer desaparecer las cosas de la faz de la tierra.
—¿Qué eres ahora, el jodido Al Capone? A ti se te está subiendo la política a la cabeza.
—Tengo amigos en Madrid… estas cosas se hacen con un par de llamadas. ¡Ah! ¿Te acuerdas cuando estuvimos en ARCO el año pasado?
—Claro…
—¿El ciempiés gigante que andaba con cien pollas?
—¡NOO!
—Mira por la ventana.
—¡No me lo puedo creer! Y ahí lo tienes… en el jardín. Te ha debido costar una pasta.
—No sabes tu bien… es de un artista del que se habla mucho últimamente. Empezó haciendo graffitis en las calles de Baltimore. Está muy cotizado…
—Vamos a follar…
Empezaron haciéndolo en el salón. Luc parecía estar incómodo. Le hizo ver que no podían hacerlo en el sofá; era de piel, no quería mancharlo. Se echaron al suelo, sobre una amplia alfombra que cubría toda la habitación.
—¡Escúpeme en el culo, gilipollas!
—¿Desde cuándo no lo haces?
—No te emociones… han habido otros antes que tú.
—Y qué pasa, ¿se han dejado la polla dentro?
—¡Imbécil!
—Cállate y agárrate los huevos… los tienes muy gordos…
—¡Me voy a ir! ¡Me voy a ir!
—Eres una niña idiota, te voy a hacer callar.
Luc agarró la funda de la katana y empezó a azotarlo.
—¿Pero qué haces, retrasado?
—¡Que te calles!
—¡Sí… me gusta! ¡Qué buenas ideas tienes, Luc!
—¿Pero qué te pasa? ¿Te has tragado un reparto de Almodóvar?
—¡Me voy a ir, Luc…! ¡Cómo me zumbas en las próstata!
Luc dejó la funda de la katana apoyada sobre una silla y se dirigió al baño. Se miró al espejo y sacudió la cabeza, «¿qué estoy haciendo con este gilipollas?» se dijo, desencantado. A Nico le había entrado hambre. Se puso los calzoncillos y se fue a la cocina, directo a la nevera.
—¡Wooo! ¿Pero esto qué es lo que es, María Martillo?
—¿El qué?
—Tío, tienes la nevera llena de mandarinas. ¡Solo mandarinas! ¿Qué haces con esto?
—Es un regalo.
—¿Un regalo de quién? ¿De Don Simón?
—Cerré un negocio, ya sabes.
—¿Qué sé?
—Hay cosas que es mejor no pagar con dinero. Y se paga así, en especie.
—Debió ser algo muy gordo… por esto te pueden meter en la cárcel, lo sabes ¿no? JAJAJA
—¿De qué te ríes? No tienes ni idea. Fui parte importante en una negociación.
—¿Convenciste a un gato para que bajase de un árbol? ¡Ay! ¡Es que me meo!
A Luc empezó a subírsele los colores a la cara. Apretó los puños y clavó la mirada en Nico. A él las bromas gilipollas no le gustaban, se tenía en alta estima, no permitía que se burlasen de él.
—Te la estás jugando.
—¿Vas a meter una cabeza de caballo en mi cama?
—Tienes envidia, niñato. Tú te has comido una mierda en el partido. Te echaron por no saber sujetarte esa mano fláccida de vieja putona.
—No sé como no te han largado ya, todo el mundo sabe que eres gay. Es paradójico, ¿verdad? ¿Por qué somos de este partido? Somos conservadores, ¿no? Nuestros compañeros, muchos de ellos, siguen pensando que lo nuestro es una enfermedad. Y encima no quieren que nos casemos. Pero no sé… es que es raro que nos casemos ¿no? Y encima creemos en Dios, cuando al Vaticano le gustaría vernos colgados de los huevos. No sé, ¿tú qué crees? ¿Por qué eres del partido?
—Por las ideas.
—¡Y una leche! ¿Te crees que follo contigo porque eres guapo? ¿Pero tú te has visto, corazón? A mi me gusta tu coche, tu casa… tu cipote de oro. A mi me pone el poder. Que me compren cosas, que me lleven de viaje… Me da igual que los nuestros digan que nos estamos cargando la familia. ¿Quién quiere una familia? ¡Vamos! Dime, sé sincero…
—¿Es que hoy no te vas a callar?
—… me gusta cuando te pones agresivo. ¡Ven, acércate!
Empezaron de nuevo, en el salón. Mientras Luc lo culeaba con todas sus fuerzas, no podía evitar quitarle el ojo de encima a la katana. La miraba y miraba a Nico. «Sabe Dios que si pudiese te metía un tajo en todo el cuello» pensó, mientras lo castigaba con todas su fuerzas. Finalmente, lleno de rabia e impotencia, alargó el brazo y se decidió por la funda. Nico se percató de sus movimientos.
—¿Pero…? ¿Qué vas a hacer? ¡Oh sí! ¡Vamos, cariño! ¡Como tú sabes! ¡Hazlo fuerte! ¡Deja bien claro quién manda aquí…!


Cabo Imbécil


Yo no sé como me meto en estos embolaos. No quería ir, pero me animaron: «Venga va, que nos lo vamos a pasar teta. En casa de mi abuela… un chalecito adosado… con dos plantas… la playa a tiro de piedra» Y allá fui, to tonto, a pasar el fin de semana.
Me olía que todo no podía ir de color de rosa. Cuando llegué me lo soltó, Lucien, mi amigo: «Ahh, y viene una pareja, con su niña, amigos míos. Son muy enrollaos. Ya los verás» No sé donde estaba lo enrrollao del asunto, pasar un fin de semana con los Brady, pero bueno... Tenía que confiar en él, que luego venían los reproches: «Coño, es que no te gusta nadie» «Ostias tío, relaciónate» «¡Cago en la virgen! ¡Es que no todo el mundo va a ser como tú!» Esta última era mi preferida, no sabía por qué todos pensaban que me gustaría vivir en un mundo en el que la gente fuese igual que yo. Me conformaba con que no existiese nadie en ese mundo. Sin duda, el mejor.

            Llegaron tarde, casi de noche. Soltaron los bártulos y allí, en la cocina, comenzaron las presentaciones. La niña era una monada, la madre parecía simpática… el padre… había algo en su cara que no me terminaba de gustar. No tardó en confirmar mis sospechas.
            —Bueno, ¿y tú a qué te dedicas, Afry?
            —Trabajo en una oficina… y también estoy liado con oposiciones…
            —¡Oposiciones! Muy bien… Yo estudié oposiciones… soy cabo, ¿sabes?... llevo en el ejercito desde los dieciocho… Lo mío me ha costado… no fue fácil… pero me viene de vocación… estoy esperando para embarcarme en la próxima misión… Afganistán… no sé si lo habrás oído…
            —No.
            —Pues lo que te digo… ya va siendo hora… no todo va ser formar a novatillos… Créeme… no me gusta ser severo… pero a veces es necesario… Que a mí nadie me toca los huevos… ¡eh!... A mí no se me escapa ni una… Yo me saqué mis oposiciones con mucho esfuerzo como para estar aguantando gilipolleces… Yo juré por la bandera y por el Rey defender España… por eso quiero ir a Afganistán… necesito acción… probarme en el terreno… para eso estamos preparados.
            —Desde luego.
            —Para eso estamos… Si tuviese que interponerme entre una bala y el Rey no me lo pensaría dos veces… yo he jurado la bandera ¿sabes?... Es mi deber…
            Tras la larga perorata dio un largo trago a su birra. Soñé, como en algunas películas de dibujitos, con una de esas imágines a modo de flash en la que un puño de boxeo con muelles sale disparado penetrándole en todo el boquino. Lo visualicé en mi mente y sonreí. Me devolvió la sonrisa mientras daba otro largo trago, brazo en jarra, a su sobada cerveza. El tipo era definitivamente un gilipollas, de los de cuidao.
           
            Pasamos, al otro, un hermoso día en la playa. La pequeña y su mujer eran bellísimas personas. No comprendía como aquel neanthertal podía tener mujer e hija. Quiero decir… cualquier imbécil puede tener mujer e hija… lo extraño era que no lo hubieran abandonado ya. Esto me tenía con la mosca detrás de la oreja.
            Habíamos proyectado hacer una barbacoa en el jardín del adosado, a media tarde, después de la playa. La familia subió primero a hacer sus cosas de familia. Lucien y yo nos quedamos un rato más viendo el atardecer.
            —Lucien.
            —¿Qué?
            —Ese tío es gilipollas.
            —No, hombre… no es mala gente.
            —Y de los de mucho cuidado. Te digo yo que he conocido a lerdos del culo como este, no me fío.
            —Es un poco fantasma, pero luego es buen chaval.
            —¿Un poco fantasma? Es el Coco en persona.
Recogimos los bártulos y volvimos al nido.

Allí nos encontramos con toda la familia recién duchada, oliendo a Nenuco. Los bajos del coche de Lucien estaban jodidos; había que hacerles un arreglillo. Cabo Imbécil se ofreció para ir preparando la barbacoa, mientras nosotros íbamos a jugar a los mecánicos. Salimos al porche en busca del vehículo. Juro por Dios que no había pasado ni un minuto cuando unos gritos, a lo lejos, captaron nuestra atención.
—…ucien! …ucien!
—¿Lucien? ¿Dicen Lucien?
—Que va, será una madre llamando a su hijo.
Una leche. Lo siguiente que oímos fue más inquietante. La mamá salía despavorida por la puerta del adosado, gritando.
—¡Llamad a los bomberos! ¡A los bomberos!
Corrimos al interior de la casa y la cruzamos como una exhalación hasta el patio trasero. Lo que nos encontramos allí era para verlo. Era Cabo Imbécil, petrificado, sin mover un pelo del culo, observando un espectáculo luminoso. Las llamas cubrían el seto y se extendían cuatro metros por encima de nuestras cabezas. ¡Menuda fogata! ¡La ostia! ¡La que había liado! ¡Si ya lo sabía yo! ¡Semejante tonto no podía durar tanto sin cagarla! ¡Es que me dieron ganas de cogerlo y tortearlo! ¡Así… con toda la mano abierta! ¡Había que ser pero que muy tonto! ¡La virgen, qué gilipollas! Lucien ya es que ni se movía, del miedo. La urbanización entera iba a quedarse hecha fosfatina… ¡Joder Joder Joder! ¡El barrio entero! ¡Iba a arder hasta el cielo! ¡Y con muertos y todo! Ya nos veía en el trullo… nos iban a hacer el culo Pepsi-Cola…
—¡Pero animal! ¡Coge la manguera! —Le gritaba su mujer desde el balcón.
            —A los bomberos… ¡ostias! ¡Llamadlos!
            —¡Agua! ¡Coño! ¡Cubos! ¡Nos os quedéis parados….!
            Corrí al interior de la casa. Cogí el cubo de la fregona y empecé a llenarlo en el fregadero. Aquello tardaba tela, los segundos goteaban del grifo como puñeteros. No había tiempo que perder, la casa del al lado tenía un techado de madera que ya estaba empezando a chamuscarse… Se iba a liar la de Dios…
            Cuando volví, aquello me sobrecogió. Las llamas habían duplicado su potencia y el seto ardía ya tres cuartos. Cabo Imbécil, el imbécil, estaba subido al tejado apuntando con la manguera casi sin potencia sobre las llamas. Se estaba quemando… el pavanata.
            —¡Pero bájate de ahí, que te vas a matar! —Gritaba su mujer, al borde del ataque de ansiedad.
            —¿¡Pero tu eres retrasado!?¡Me voy a cagar en toda tu fundación! ¿¡Pero tú lo estás viendo!? 
            —Es gilipollas, Lucien… ¿te lo dije o no te lo dije?
            —¡Ha sido de pronto…! ¡de pronto…! —se excusaba—.
            —¡De pronto te voy a arrancar el corazón…! ¡Me voy a cagar ya hasta en tu madre…!
            Lucien echaba espumarajos por la boca… es que veía la factura venir… si salíamos vivos… claro. La cosa se nos estaba yendo de las manos… los cubos no apagaban ni una cerilla… Si seguía así, aquel soplapollas iba a arder como una Falla… Nos veía a todos ya carbonizados… la urbanización… la ciudad entera… y todo por la acción de un solo hombre: Cabo Primero de Zapadores.
            —¿…a Afganistán vas a ir? ¿¡Es que eres un GIJOE!? ¡Hay que tener cojones para darte a ti un arma! ¡Quien fue el retrasado que te aprobó las oposiciones! ¡Fantasma!... ¡No!... ¡No!... ¡Aquí!... ¡Mírame a los ojitos! ¡Sí!... ¡Fantasmón!
            Yo intentaba calmar a Lucien… No había manera… el trabajo era agotador… Solo habían pasado siete minutos… ya habría tiempo de ponerle la cara como Cristo manda.
            Cuando ya lo creíamos todo perdido, de pronto, de no se sabe donde, empezó a llegar gente de todos lados. Colaboración ciudadana, de la buena. Gentes con cubos… mangueras que salían de las casas colindantes… de las calles adyacentes… de los pueblos cercanos… Entraban por la primera planta… por el sótano… por el jardín… nos tenían rodeados… Al final, en un minuto, lo que parecía iba a acabar en catástrofe, quedó en un montón de ramas secas y humo espeso. Había que verlo, al Cabo, al que iba a salvar al Rey. Sudaba la gota gorda. De pronto, sus aires de Rambo se le habían ido. Era un conejito. No le salía ni la voz. Se ahogaba… Lucien es que no lo quería ni ver…
            —¿Pero como has hecho… hijo de mi vida?
            —Estaba abanicando… y una chispa ha saltado al seto… y ya no sé…
            —¿Y qué más?
            —He seguido abanicando… pensaba que así…
            En ese momento se presentó la policía. Procedieron a interrogarlo para redactar el parte. Después de un rato conversando, aclarando las circunstancias de lo ocurrido, parecían haber llegado a la misma conclusión:
Tonto, a secas.



jueves, 24 de enero de 2013

Recuerdos fugaces de mi breve paso por el 15M


Mis sospechas se habían hecho realidad. Alguien del pequeño grupo que estábamos allí dio la alerta: «NOS ESTÁN HACIENDO FOTOS» «Cago en mi vida», fue lo único que se me ocurrió decir, o pensar, no lo recuerdo. El que caso es que todos giramos nuestros revolucionarios cráneos hacia el norte y allí estaba, con su equipo de camuflaje al completo: Pantalones Coronel Tapioca a la altura de la rótula, camiseta “me voy a ir a andar por El Chorrillo” y teléfono móvil última generación. En una suerte de posturas y equilibrios bastante complicados, apuntaba la mira de la máquina hacia el grupo, al tiempo que aparentaba teclear un mensaje de texto imposible jugándose peligrosamente la crisma. «Hay que joderse», masculló alguien. «Yo me he dado cuenta, le he sonreído para no joderle la instantánea», dijo otro. Por si fuera poco, a su vera, otro tipo con gafas de sol de pasta parecía debatirse en monólogo interior. Oteaba el horizonte con aire melancólico. Un paquete de Marlboro y una tarrina de helado era toda su logística. De cuando en cuando se intercambiaban confidencias, utilizando la técnica hollibudiense de enviar el mensaje en dirección opuesta a la de los ojos.
La tarde no les estaba yendo nada bien. Les habían sorprendido y su desconcierto era evidente. El Agente 1 no sabía de que manera desencajar sus miembros para conseguir el ansiado daguerrotipo. Cada vez que nos tenía a tiro alguien lo sorprendía, otro hacía un comentario o reía mirando hacia sus dominios. Por mi parte y a mi pesar, el tema de conversación que estábamos teniendo pasó a un segundo plano. No podía dejar de tener la sensación pegajosa de sentirme observado, de estar siendo marcado como a una res, de ser objetivo de la bofia. Pensé en la CIA y en el KGB en plena Guerra Fría, en la GESTAPO y en el ISI Pakistaní. Pensé en el agente Marlowe de las historias del celebérrimo Raymond Chandler y en el agente de la Continental del bueno de Dashiel Hammett, aquellos dos padres de la auténtica novela policiaca inmersos en el ambiente opresivo de los outlawyer de la América de los años veinte. Me sentí especial. Realmente pensaba que esto solo pasaba en las películas, pero nada más lejos; teníamos a nuestro propio servicio de inteligencia siguiéndonos la pista. Podría, el día de mañana, fanfarronear como un progre de aquellos que dicen haber estado en París el mayo del 68. Tener el honor de haber sido perseguido por el establishmentde mi época. Decirle a mis nietos, por ejemplo: «¡¡¡AAaayy!!! tú no sabes lo que es la libertad, en mis tiempos te hacían fotos con la BlackBerry a menos de cinco metros de distancia y a cara descubierta. No sabéis lo que tenéis»
La tarde iba cayendo y los dos agentes seguían en su puesto, estoicamente, a la caza del Pullisher. No sé si fue el artista sensible que llevo dentro, mis valores 15mayeros, el poso católico que aún flota en el pozo de mi conciencia o la paleta cromática que iba dibujando el cielo, pero empecé a compadecerme de ellos. Imaginé el día que anunciaron la rebaja del 5%, la escena en casa, con su mujer e hijos: «¡Dios mío, qué vamos a hacer! ¡¡La hipoteca!!» Lo veía abrazando a su mujer, besándola en la mejilla, asegurándole que no tenía nada que temer. Lo veía rumiar, sintiéndose un pringado durante aquel año que no pisó la calle, estudiando las oposiciones, lo duro que le había resultado, el titánico esfuerzo de sus padres manteniéndolo mientras lo alentaban confiando en sus capacidades. Podía, incluso, imaginar lo que en aquellos precisos momentos, nervioso por haber sido descubierto, estaba sintiendo; preocupado por no tener suficiente material para rellenar el informe, sus pocas ganas de estar allí, perdiendo el tiempo, viendo a un grupo de gente debatiendo sobre cosas que a él le importaban un bledo, la frustración de no formar parte de un caso importante, siguiendo los pasos de un gran narco o de un célebre  político corrupto o desarticulando una red de prostitución infantil. Pero allí estaba, junto a su compañero, junto a aquel estúpido McFlurry, incapaz de hacer en condiciones su trabajo. Y me di cuenta de que no éramos tan diferentes, que los dos estábamos donde no queríamos estar, que éste realmente no era nuestro trabajo (desde luego, el mío no) y que la impotencia nos estaba carcomiendo. En definitiva, que los dos estábamos jodidos.
Seguramente él no se sienta así o quizás no lo sepa. Pero, ya que se ha llevado un recuerdo mío en formato fotográfico, no podía yo por menos que obsequiarle igualmente de la única manera que sé:
¡Mire el pajarito!
¡¡SONRÍA!!

martes, 8 de enero de 2013

POR EL JAMON Y LAS MIASMAS


Acabo de borrar su número. Hay que tenerlos bien puesto… ¡qué tío! Yo es que no me acordaba, pero ya se sabe, uno se pone nostálgico, extraña a ciertas personas por el simple hecho de haber compartido con otros etapas más o menos felices de su vida. Vive con su padre desde que terminó la carrera. No tiene trabajo. Tampoco lo busca. No se sabe muy bien a qué se dedica. El caso es que el chico prometía, pero la vida universitaria hizo estragos en él. Llegó con un expediente académico impoluto. Tenía una larga melena y una cara muy agradable. Era siempre el centro de las reuniones, siempre tenía una opinión… y cómo la defendía… le salían lapos de la boca cuando cogía carrerilla… Daba igual si uno no estaba de acuerdo con sus argumentos, había que quererlo. Estaba siempre dispuesto a todo, movilizaba a toda la trupe, siempre con miles de planes. Estaba informado de todo; de los enredos, de las últimas publicaciones editoriales, de todas las noticias… Parecía estar en todos lados, su poder era omnipotente… las tías es que se lo comían.
            Pero la droga se lo tragó. Empezó a fumar canutos como si no hubiese mañana en la Tierra y comenzó a replegarse hacía los abismos. Los estudios saltaron por los aires… hasta las mujeres se olvidaron de él. Estaba desconectado. La vida, en pocas letras, a modo de eslogan, le había dado  bien por el culo.
            El caso es que no sé por qué, una llamada, y me invitó a pasar la Nochebuena. Llegué a eso de las diez.
            —Clark. —Yo le llamaba Clark—.
            —Afry, ¿cómo estás? ¡Vamos! ¡Venga aquí un abrazo! —Era de lo más cariñoso—.
            —¿Han llegado tus hermanos?
            —¡Aquí están! ¡Joder! Es que me revientan los mierdas estos.
            —¿Cuando se van?
            —Hoy, por Dios… por Dios que se van hoy.
            —Chicos… ¿cómo estáis?
            —Aquí, aguantando al gilipollas este.
            —¿Os vais hoy? ¿Por qué no os quedáis esta noche? ¿No es mejor que viajéis por la mañana? —Clark empezó a hincarme el codo en el costillar con la boca doblada a un lado, como un dibujo animado—.
            —¡Cállateee! ¡Cállateee! —susurraba—¡Cállate, joder! ¡Déjalos… ¡déjalos que se vayan! Se lo han comido todo… el jamón... hasta el hueso…
            —Eres un pedazo de mierda… el jamón lo hemos traído nosotros.
            —Clark, que más te da. El jamón es de ellos.
            —El año pasado igual… Se trajeron a sus mujeres y se lo comieron todo… ¡cojones!
            —¿Qué le pasa a este?
            —Está rebotado. Mi padre quiere repartir la herencia y le hemos dicho que se espere, que no se va a morir aún.
            —¿¡Pero qué haces que no te la cierras!?... pero es que… la boquita—gesticulaba simulando cerrarse la boca con una cremallera—¡Cógelooo y mú…!—Se mordía la lengua mientras lo amenazaba— ¡Tu tienes trabajo, canalla… yo estoy en la cañería con la momia esta! ¿¡No lo ves como atufa!?... —Señalaba al padre sentado en la butaca, alelado— ¿¡Es que no te llega a los hocicos!? ¡Está todo el día ahí, soltando miasmas! ¡Me tiene la puñetera casa embarrada con sus esputos! ¡Es que no os calláis, coño! Y encima os habéis comido todo el jamón…
           
            Estaba claro, Clark estaba como un puto avión. Se había quedado pajarito, y yasta. Yo no sabía donde me había metido. Sus hermanos lo tenían claro. Aún así, pospusieron el viaje para el día siguiente. Durante la cena, ocurrió algo que me enmierdó los calzoncillos de miedo. Ocurrió lo siguiente: Cortés, me levanté a recoger la mesa. Llevé el mantel al jardín y allí lo sacudí para limpiar las migajas. Clark me enfundó la mirada en la nuca.
            —¿¡Pero qué haces, Satanás!? —Me quedé helado—.
            —Limpio el mantel, ¿no lo ves?
            —¿Has tirado el filtro?
            —¿Qué filtro, Clark?
            —El filtro para los cigarrillos, ¡por el amor de Dios!
            —Joder, no.
            —¿Recuerdas en qué dirección lo has sacudido?
            —¿Es que no tienes más?
            —Cientos. Tengo para fumarme el jodido Amazonas. Compro cajas a quinientos, ¡JÁ! Pero esa no es la cuestión. En qué dirección, ¡Vamos!
            —Allí, al lado del seto.
            Miento si no estuvo cuarenta y cinco minutos de reloj, allí, en el jardín, buscándolo, arañándose las rodillas en la oscuridad. Y con sus huevos, para mi sorpresa, lo encontró. El tío es que se salía de la camisa de júbilo.
            —¡Que me parta un rayo en toda la jeta! ¡Te lo dije! ¡Míralo!
Lo miré; estaba comido de mierda, de salsa y tierra mojada. Los goterones de sudor le caían por el rostro como a un cristo crucificado. Se sentó en el sofá, sacó su material y fabricó un artefacto para tumbar a un rinoceronte. Aproveché para retirarme.
            —Clark. Buenas noches. —Y ahí se quedó, fumando, como quien oye llover—.
           
            Al día siguiente me lo encontré con buen ánimo. Sus hermanos se marchaban. Con las maletas ya en la puerta, se les ocurrió pedirle a Clark algo, claramente para tocarle, con toda la mala leche, las pelotas.
            —Clark, ¿por qué no nos cortas un poco de jamón para unos bocadillos? Para el viaje… ya sabes.
Se le cambió la cara. Estaba desquiciado. La vena de la frente es que se le iba a reventar. Me agarró de un brazo y me llevó a un lado, en la otra habitación. Ahí, explotó.
—¡Que les corte jamón! ¡Que les corte jamón!
—Clark, que más te da, es para un puto bocadillo.
—¡No es por el bocadillo, es por la humillación! ¡LA HUMILLACIÓNNN!
—¿Qué humillación ni qué leches?
—¡Se lo comieron todo el año pasado y este año otra vez! ¡Yo es que no aguanto más! ¡Van a acabar conmigo! ¡Cabrones de mierda! Y encima el dinero de papá, de la cascarria esa que me está quitando la vida con sus miasmas! ¡Toda la puta casa llena de miasmas! ¡Chernobil que es esto! ¡Voy a acabar enfermo de sífilis! ¡Maricones perdidos!
Volví al salón y hablé con sus hermanos. Por suerte tenían sitio para mí. Nos fuimos a las 9:45; sin bocadillos, claro.
           
           
           
           

martes, 18 de diciembre de 2012

Catabúmm!!!




Esto es para pegarse un tiro. No doy abasto, joder.  Me he tenido que meter un Lexatín entre pecho y espalda para seguir funcionando. El mundo se está poniendo de unas velocidades que no hay dios que le coja el ritmo. Hace un par de semanas estuve en Madrid. Me dio por ir al Fnac de Callao, el antiguo Galerias Preciados. Virgen. No había manera de esnifarse ni medio pollo de aire, la gente se te metía hasta por el ojo estrábico del culo. Hordas de masa encefálica subiendo y bajando escaleras mecánicas. Y para colmo, Ángel Llácer presentaba un libro. Dios mío, qué cabeza. Podía montarse un Fnac de las mismas dimensiones dentro de su cráneo. Me quedé unos minutos escuchando, por curiosidad, qué tenía el pavo que decir. Se trataba de su biografía, creo. Un centenar de curiosos se reunía allí, escuchando atentamente el discurso de aquel experto en fabricar papilla ectoplasmática. Al finalizar, animó al público ha realizar preguntas. Un batallón de luciérnagas arrasó la sala. Nadie parecía tener dudas. Era una gilipollez; el acto, el libro, la hora: todos. Esta anécdota sin ningún tipo de interés sirve como marco descriptivo de cualquier tipo de espacio público en el que uno pueda encontrarse hoy día. Tres factores: Gente, aglomeración, imbecilidad. Solo tuve tiempo para repasar un par de estanterías de poesía y un par de stands de cómics. Tuve que largarme echando humos, a la calle, a por aire. Salí con el corazón en la muí hiperventilando, cacheándome los bolsillos, en busca de ese Lexatín; el último que me endosé antes del de hoy.
Tengo que decir que la gente no ha tenido la culpa. Ayer tuve cena de empresa. Así que se entenderá: tajada como el mismísimo demonio. Se me tiene como a un bicho raro, casi pisoteable. Mi timidez, mezclada con mi desgana matutina para hablar con seres humanos, ha creado una imagen mía poco corporativa dentro de la empresa. No tardé en hacer gentes. Hasta la jefa acabó descojonándose conmigo. Y al día siguiente, claro, la vergüenza. Resaca, vergüenza y responsabilidades. Dita sea, la jalandria. Tuve la mala idea de acostarme a las tres de la mañana; y claro, tormenta. Me puse de papel hasta el hocico. Coño, que parecía que me habían encargado organizar el Día D. Luego mi madre me ha llamado dándome la matraca; que si no me ve el pelo, que si es que no tengo familia. Y al paso que voy la voy a perder toda. Y no solo eso. Los amigos también se encargan de darme hasta en el cielo de la boca. Pagar la casa, la luz, el agua, comprar reyes, ir al peluquero, recoger la ropa que llevé a arreglar, cambiar de banco… gilipolleces, sí, pero gilipolleces que te chupan la sangre del día. Ni un minuto para recordar que uno es un ser humano. Hay días que no da tiempo ni para mirar el cielo. Si te ha llovido encima o te ha caído un meteorito, es algo de lo que no te cercioras hasta que ves tu cerebro colgándote de la oreja. Y sin hijos, dios mediante.
            Planchar camisas, limpiar el váter, consultar una página porno en Internet… son lujos a los que uno no puede siquiera arriesgarse. Como te descuides te han puesto la carta de despido debajo de la almohada. O la de defunción. Aquí al que se relaja como poco se le aplica la Ley de Vagos y Maleantes.
La verdad que el ambiente acojona. A mi me lo habían pintado muy bonito. «Tú estudia y échate a dormir» ¡Qué gran mentira! Somos la generación más julai que ha parido madre. Aquí y allí, gente protestando, quejándose, tirándose pedos, eructando… pero sin llegar a las manos. Tengo las 24 horas con el corazón bombeándome a 24.000 revoluciones por minuto. Siempre con el canguelo. ¿Qué pasará? que como me relaje es que me meten el Apolo 13 por el horto. Y luego está mi madre: «Ay hijo, qué miedo, qué tiempos, que va a ser de vuestro futuro» Qué futuro, má. Aquí solo hay futuro para las ratas y las cucarachas. Y para las piedras. Si no es por los Mayas, es por un planeta que se acerca a todo hostia hacia la tierra, y sino un petardazo solar, y sino una guerra nuclear, y sino una epidemia, y sino un maremoto, un huracán, un temblor de tierra, una lluvia de ácido, una sequía, una plaga de langostas… o a lo mejor nada de eso. A lo mejor, al final, nos vamos todos a la cola del infierno de un simple y fulminante patatús.

domingo, 16 de diciembre de 2012

En una barra de bar. Año 1985



—Dame un cigarro. Lucky. Tú fumas Lucky, ¿no?
—Sí.
—Y fuego. —Le acerca el cigarrillo—.
—¿Qué haces, animal? ¿De tu boca? ¿Y si tienes SIDA? ¡Joder! Hay que tener cuidado. Acércame el mechero.
—¿Entonces cómo te ves tú dentro de veinte años?
—Lo que te iba diciendo, ¿cómo me voy a ver? Bien, espectacular. Me veo con dinero, ¿Sabes? Los rusos y los americanos. ¡Bang! Van a levantarse los culos un día a petardazos. Dos socavones gigantes, como te lo digo. Y el resto del mundo, pues claro, más rico, más dinero para todos; nos lo repartiremos.
—¿Tú crees que ocurrirá?
—Por supuesto, y ahí estamos los españoles… ¡¿No nos ves?!... ¿No has visto tú como ha cambiado este país? Lo tenemos todo. El imperio donde siempre sale el Sol, ¿lo has oído alguna vez? Eso es España chico, de toda la vida de Dios. Solo que nos la jugaron en Cuba los yankees… Yo te cuento…. Se hundieron ellos mismos un barco y dijeron que fuimos nosotros… Para que veas que nobleza esta, la nuestra. Por nobleza nos fuimos al garete… Y por confiaos… Los españoles somos muy confiaos.
—Pero dicen que los chinos…
—Qué chinos ni qué leches. ¿Tú has visto a un chino hacer algo alguna vez aparte de montar restaurantes “chinos”?...  No, ¿verdad?...  Esa gente no tiene visión empresarial. Son karatecas de esos, solo quieren envenenar al mundo con su comida basura… no no no… ni mijita… esa gente de pobre no sale… no son como nosotros… aquí se come bien… jamoncito… aceite… LA DIETA MEDITERRÁNEA… por eso el cerebro nos carbura mejor… los españoles somos grandes inventores… El Quijote… el helicóptero… el submarino… ¿lo sabías…? ¿sabías que inventamos el submarino?
—Venga ya…
—Aquí solo nos ha faltao el líquido… ¿me comprendes? La panoja. Sino ríete tú del Renacimiento. Si la Atlántida está en Cádiz, hermano. Otra cosa que nos jodieron. Hundido, como te estaba diciendo antes… como en Cuba… igualito.
—¿Y tu crees que encontraremos trabajo?
—Chico, no te preocupes. Los astilleros no es lo nuestro. Aquí se van a fabricar coches y a punta pala. ¡Una jartá! Vamos a ser los primeros productores mundiales. La SEAT; acabaremos comprándolos a todos: la Volswagen, la Mercedes… hasta las puñeteras aspirinas. Se lo vamos a quitar todo a los alemanes… Esa gente no se va a arreglar en la vida… Unos fanáticos los rubitos… En cuanto empiezan a sacar la cabeza un poquito a la superficie se vuelven locos y se van a la mierda en un segundo… Nosotros somos más constantes... Hasta odiando lo somos… O es que se nos ha olvidado lo que nos hicieron los moros.... ¡No! Nos jodieron y no lo olvidamos… Constancia, ¿entiendes?... ¡No te das cuenta!... Lo tenemos todo para ser los líderes del mundo… Por eso… por eso nos jodieron en la Guerra Civil… no nos quisieron ayudar porque nos tenían miedo… ¡Joder! saben lo que hubiésemos sido capaces de hacer… Por eso nos hundieron… Somos como los japoneses pero mejor, porque descansamos más.
—¿Cómo sabes tanto?
—Soy un observador. Me doy cuenta. Tú fíjate en Marbella... Eso es progreso... ¿A qué ciudad del mundo va tanta gente rica a gastarse dinero?... España is different…. ¡Qué aquí hay Sol....! Están todos jodidos de frío en sus países… Piénsalo bien... Todas las empresas vendrán a España, porque todo el mundo quiere vivir en un sitio cálido... Nadie quiere morirse de frío... Por eso es lógico, lo que te digo… ¿sabes?... Lo tenemos todo, ya te lo he dicho… Dentro de veinte años, bbbrrrrrr!! LOS REYES DEL MUNDO.
—Bueno pero tú, tú. ¿Tú cómo te ves dentro de veinte años?
—Pues cómo me voy a ver, chico. En coche volador.