lunes, 4 de marzo de 2013

4ºB


El castigo consistía en pasar la mañana en el aula de los tontos. Yo formaba parte del A, mientras que a los tontos les correspondía el B. Cuando recibí la noticia no cabía en mí de miedo. No sabía lo que me esperaba. Había oído cosas horribles de aquellos niños del B. Por supuesto jamás me acercaba, nos acercábamos a ellos en el recreo. Eran salvajes, podías verlo en sus ojos. Se decía que el más listo de aquel lugar era el que conseguía sacar un 5. Aquello era demencial, nadie podía ser tan tonto como para no aprobar. Era impensable, en el A, sacar un 3 o un 4. Y, ni que decir tiene, un 0. Pero allí todo era posible. Su idiotez era lo que les hacía sumamente peligrosos. Tragué saliva y fui allí solo, soledad que formaba parte del castigo, bajando los escalones que llevaban hasta aquel lugar.
La profesora se llamaba Dora. La señorita Dorita para los niños. Era la cuñada de mi profesora, Mª Angeles; señora recta, disciplinada y severa. No dejaba pasar por alto una falta. La mía fue la de no llevar aquel día los deberes de matemáticas. Odiaba las matemáticas. Cuando me preguntó, esa fue mi respuesta. Respuesta que merecía la bajada a los infiernos. Dorita me presentó ante el resto de la clase. «Este es Rubén, es del A, ha venido a pasar la mañana con nosotros. Portaros bien con él, es un niño muy listo, aprueba todo con dieces, a ver si aprendéis de él» La señorita Dorita debía tener alrededor de 60 años, pero ella parecía no enterarse. Era cierto, no se enteraba de nada, parecía nadar en un perpetuo limbo. Esto pude verlo más tarde con mis propios ojos. Busqué un lugar donde poder sentarme. Tuve que cruzar toda la clase ante la mirada escrutadora de todos aquellos salvajes que parecían querer arrancarme los ojos. Encontré sitio al fondo. Una niña me habló. «¿Por qué estás aquí? Tú eres listo, ¿no?» Levanté los hombros en señal de duda y abrí mi libreta. No pasó un segundo cuando Dorita se giro colocándose de cara a la pizarra y empezaron a lloverle bolas de papel, tizas, gomas de borrar como granizos. Para mi sorpresa, en ningún momento se giró a llamar la atención a sus agresores. Pude ver incluso como un compás le rozaba una oreja peligrosamente estampándose contra la pizarra. No me lo podía creer, aquello era de locos. Notaba en el ambiente algo que desconocía. Tiempo después supe que se trataba de algo parecido a la libertad. En el A siempre reinaba el silencio, el no estar correctamente sentado en el pupitre podía traer represalias, equivocarse en un cálculo mientras se corregía un ejercicio conlleva una humillación pública, gritar, estornudar, rascarse el culo era algo que estaba totalmente prohibido. Las niñas eran bonitas y los muchachos listos. En el B las chicas eran horrendas, pero muy divertidas. Los chicos parecían desnutridos y desquiciados, pero ingeniosos e inquietos. Una de las chicas, de las más feas, que estaba sentada junto a mi, me dio una bola de papel. «Vamos empollón, atrévete.» Cogí la bola entre mis manos y me quedé mirando la cabezota llena de calvas de la señorita Dorita. «¡Vamos!» decían, «si no se entera de nada.» Me armé de valor y con todas mis fuerzas la lancé a su cuerpo. Todos al unísono lanzaron un grito. Se alegraban de que yo, un bicho raro, no fuese tan diferente a ellos. Ya sí, arranqué una hoja de mi libreta y me serví de mi propia munición. Hice una enorme bola que los dejó a todos sorprendidos. Casi podía verse en su caras el miedo; aquello eran palabras mayores, un proyectil que podía hacer bastante daño. Aunque lo intenté, fallé el lanzamiento. Todos se partieron de risa aliviados por que no acertara. Daba igual que Dorita nos mirase directamente, ella vivía en otro mundo. Tal vez fuese consciente de que no podía hacer nada por remediarlo. El caso es que al cabo de los años habían logrado acabar con ella. Un chico le gritaba apenas a un metro de distancia: «Zorra. Dorita, cacho puta.» Una chica desde el fondo de la clase la increpaba: «Guarra» acompañando su alocución con salpicaduras de saliva que salían despedidas de su boca. «Chalada, loca de los huevos.» Aquello era un auténtico zoológico de animales salvajes. Toda aquella violencia iba acompañada de grandes carcajadas; el absurdo, la locura de aquella profesora, hacía que todo fuera cómico. No me podía creer que mi clase se considerará mejor que esta. Éramos una panda de capullos, de niños de mamá que aún se hacían caca en los calzoncillos. Los nenes olíamos a colonia e íbamos peinados perfectamente con la raya a un lado. Mis nuevos amigos olían mal, parecía que habían dormido la noche anterior en la calle. Eran todo energía. Un grupo con un objetivo común, unido, que solo buscaba el ingreso en el frenopático de aquella pobre anciana. Todos querían hablar conmigo aquella mañana, se mostraban amigables, sinceros, abiertos, con muchas ganas de reír constantemente, de mostrar su alegría. Hubo algo que les hizo confiar en mí. Quizás se diesen cuenta de que yo era uno de ellos. Así, al menos, me sentía yo.

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